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lunes, 27 de agosto de 2012

Jorge Esmoris. Borracho de humor


Todo bien, bo! se estrena el 1 de setiembre en el Undermovie. Sábados 21 hs y domingos 19:30. La BCG vuelve con un espectáculo en enero o febrero del 2013. Lo urbano y el interior profundo.

MARIEL VARELA


Necesitó su pluma para desenchufarse del esfuerzo que le causó Artigas, su papel en La redota. En Buenos Aires, durante el rodaje de Sr. y Sra. Camas escribía para exorcizarse. Con esos textos dio forma al espectáculo unipersonal Todo bien, bo, donde interpreta a un beodo angustiado porque los amigos ya no se juntan a conversar (y a tomar). Aunque sólo se emborrachó dos veces en su vida, Jorge Esmoris, último Iris de Oro, conoce bien el mundo de boliche y el humor de mostrador. Se estrena el sábado que viene en el Undermovie.


Se crió en Goes, entre las canchas de fútbol atrás del Viladerbó y el bar Los Tres Mosqueteros, dos escuelas de vida para Jorge Esmoris. En ese ambiente conoció personajes increíbles y escuchó cosas espectaculares que le rinden hasta el día de hoy para crear guiones, armar personajes. Años después "tradujo" esos patios del Viladerbó y los comparó con una obra de teatro. Lo tiene bien incorporado en su inconsciente y le sirve para delinear los personajes de la anti murga BCG: "Desde la forma que hablaban, se movían". Y están, continúan latentes en la memoria de Esmoris que los saca a relucir en cada proyecto que se embarca. Con el tiempo se percató de que en esos patios había descubierto una estética. Empezó a ir a Cinemateca y encontró en las películas del neorrealismo algo familiar: cayó en la cuenta de que ese estilo ya lo había vivido de chico. "Fue una vivencia muy fuerte, quizá lo tendría que haber hablado con un psiquiatra pero he dejado que siga fluyendo", se ríe.
Conoce el ambiente del boliche de memoria porque pasó la niñez en el bar Los Tres Mosqueteros. "Como era en la esquina de casa estaba seguro ahí y a veces hasta los deberes iba a a hacer al boliche". Escucha el tango Cefetín de Buenos Aires y piensa, `pah, esto yo lo viví de botija`. "Perdí a mi madre de muy chico y dice que el boliche fue como la vieja, ahí conocí la poesía cruel, la filosofía, los dados, la timba. Escucho ese tango y refleja mi infancia". A los siete años ya era capaz de desarrollar esa gran capacidad de observación. Goes era como una babilonia, lleno de inmigrantes: judíos, polacos, españoles, italianos. De repente se sentaban en la misma mesa el dueño de una fábrica de calzados, otra de muebles, el peón "y cada uno versionaba las cosas desde su ángulo y nos divertía mucho. Ahí escuchaba cosas alucinantes, disparatas era como otra visión del Viladerbó".
En ese bar y en sus años de Carnaval se codeó con varios borrachos: "Tengo como un imán, borracho que anda en la vuelta, borracho que se me pega". Esmoris no toma, salvo una cerveza con amigos. Se emborrachó dos veces durante la adolescencia: "Una fue con vermouth y dije, `nunca más`". Y hace cargar al borracho de Todo bien, bo!, su último unipersonal, con ese rasgo de su vida íntima: es un fanático de la lógica y no lo embriaga el alcohol sino la falta de lógica y la insensatez. El borracho está angustiado porque la gente ya no se encuentra a charlar. Su obsesión es simple: ¿qué pasa con los amigos que ya no se juntan? "Habla de valores pero no de moralinas absurdas, sino de las cosas más primigenias que tiene el ser humano que es comunicarse con el otro, verlo toser, estornudar, ir a verlo cuando tiene fiebre. Ahora si no estás bien, nadie te quiere ver. Hay una cosa de que todo el mundo tiene que ser feliz. Te ven ahí sentado, medio retraído y te dicen, `che, ¿estás mal?` Porque tenés que estar todo el día pum para arriba. Me parece que está bueno bajar un cambio, ir un poco más lento".


Materia prima. Durante el tiempo que filmó Señor y señora Camas le tocó cruzar el charco todas las semanas. Terminaba agotado porque los viajes lo aturden, lo estresan. "Siempre pienso que me va a pasar algo. Y en el caso de los aeropuertos peor porque te sentís como un terrorista, andás cuidando de no llevar nada en la valija". Los aviones no le entusiasman pero un paseo en ómnibus no lo cambia por nada. Antes tenía la costumbre de tomarse alguno de trayecto bien largo, como el 145 ("es siniestro") y hacer todo el recorrido sin destino, porque sí. Ahora abandonó esa usanza. Tiene la imagen del ómnibus como una película, tanto del lado del que viaja como del peatón. "Incluso las ventanas siempre me las imaginé como fotogramas". Observar ese contexto es vital. Ahí encuentra material para escribir sus textos pero también acciones, formas de mirar, andar, moverse. "Las cosas que ves y te suceden arriba del ómnibus son maravillosas". Y arranca a describir con gran exactitud esa secuencia: "La vez que te sentís realmente como ganado ahí adentro, te empujan y decís, `bueno, esto es la vida`. Los vendedores, los que piden, los que cantan, esa cosa de `somos de Remar` y te preguntan, `¿sabe lo que es Remar?` Y a mí me da ganas de decir, `sí, yo sé lo que es remar` (risas). Después cuando está la radio del chofer, uno que sube a cantar, otro que habla por teléfono y es todo un universo".
Disfruta mucho trillar 18 de Julio y exprime al máximo esas caminatas: "Es una materia prima inagotable. Ahí está absolutamente todo: lo grande, lo oscuro, lo maravilloso, lo siniestro". Y le cae una imagen: "Un ciego con la guitarra y la gente le deposita la limosna en una lata de galletas danesas y vos decís, `esto es surrealismo`. Es imposible plasmarlo pero se incorpora, está todo ahí y después lo plasmás de otra manera".


-¿Notás todas esas cosas en Todo bien, bo!?, ¿las percibís?
-Lo noto en cómo lo va recibiendo la gente. En el caso de los monólogos siempre pido que la luz de la platea esté prendida o que al menos haya un poco de luz para poder ver a la gente. Ahí realmente siento que el público me va guiando y yo voy probando, conociendo un poco al público y me voy metiendo. Yo noto que la gente me ve como a un tipo que puede salir y encontrarse en la plaza, en este caso con este borracho que por más que sea sofisticado por el estilo de libreto y humor, funciona como una ecuación donde la gente y uno vamos haciendo el proceso hasta llegar a la incógnita, hasta llegar a darle sentido a esa X. Ahí vuelve el tema del ómnibus porque es como un viaje que uno le propone a la gente. Disfruto mucho, me encanta hacer ese viaje y me da la sensación de que a la gente le fascina hacerlo también. Creo que ahí es donde aparece, en la forma en que yo me ofrezco desde el escenario.
A Esmoris le causa gracia que la gente lo tome como un tipo que siempre está jovial, "y soy como un vinagre a veces". Incluso cuando aborda trabajos con la BCG se transforma en un "déspota" porque el exceso de responsabilidad lo lleva a ser "más amargo que dulce. Entonces pienso, `pah, si la gente me viera`". También están esas cosas que le causan gracia desde el punto de vista artístico. "Allá arriba está Woody Allen". Vio todas sus películas y "lo he considerado una especie de amigo. Me daba la sensación de que el tipo era uruguayo, que iba a salir del cine y me lo iba a encontrar en la esquina porque parecía que hablaba de mí". Aquello que a Esmoris le provoca una sonrisa o llanto también le despierta una idea. "Me pasa muy seguido de conmoverme con el hecho artístico hasta sacarme lágrimas. Cuando salgo de ver una película o una obra de teatro con ganas de hacer cosas es porque lo que vi realmente me conmovió".
De vuelta en casa. "Soy como los marineros. ¿Viste que dicen que se marean en tierra? Abajo del escenario me mareo. En el escenario no me pasa nada, en la vida real soy torpe y me cuesta más aceptar las cosas que pasan. Pero el escenario es mágico porque es mentira lo que pasa y sin embargo yo creo que es la única verdad. Ese borracho es de mentira pero lo que pasa ahí es una gran verdad y a veces abajo del escenario es al revés, lo que te dicen es verdad y en realidad es una gran mentira".
Esmoris andaba necesitando volver al espectáculo en vivo para recargar baterías en el escenario, ese lugar que siente como su casa y que le da tal satisfacción que no logra saciar con ninguna de sus otras actividades. "La tranquilidad de estar en un teatro esperando para hacer la función, escuchar a la gente llegar, el murmullo. Es una adrenalina, un viaje por dentro que parece que estuviera loco por salir y cuando salgo, ahhh, es largar tu primer texto y ya sentir que la gente esboza su primera sonrisa y se le instala en la cara y de ahí no parás más. Eso es formidable. Hay quienes les gusta tirarse de una cuerda de los puentes, hacer parapente, bueno, a mí me encanta tirarme ahí con la gente e ir peleándolo: no sabés dónde se van a reír ni si van a aplaudir". Mirar a esa gente no tiene precio y por eso Esmoris siempre dice que pondría un espejo para que ellos también se vieran. Esas personas tan dispares, "de las mil raleas" se vuelven una unidad en la platea del teatro: unos fueron en 0 KM, otros en auto usado, algunos en ómnibus o caminando y ahí "son uno, eso sigue siendo maravilloso".
Rosita Baffico fue para Esmoris más que una docente: lo formó como hombre de teatro y le mostró que lo ético y lo estético van de la mano. Hoy no concibe otra cosa que esa. Rosita tenía un método: lo esperaba con la escoba para que barriera el escenario antes y después de actuar. Esmoris no entendía esa práctica y se preguntaba por qué lo hacía. Años después comprendió que "el escenario tiene que estar limpio, así como Maradona dice que la pelota no se mancha... Y uno es el encargado de que esté limpio desde todo punto de vista. Tenés que llegar e irte limpio del escenario".


Alternativa para hacer teatro. Hay otro espacio donde Esmoris disfruta, la pasa bien y se siente libre: "La BCG para mí fue y sigue siendo la posibilidad de hacer lo que tenemos ganas de hacer". Mientras el Carnaval "desde el punto de vista oficial" los encasilló como las "ovejas negras", el público les dio la mano y los ponderó, "entonces me acostumbré a trabajar para la gente. No hay intermediarios entre el público y nosotros. Las críticas pueden ser buenas, malas, regulares pero no hay nada que me impida seguir".
-¿Tenés algo de murguista?
-La murga nace como una iniciativa teatral. De hecho yo nunca fui muy carnavalero, de niño iba al tablado y ahora no voy. El espectáculo en sí no es una cosa que me llame mucho la atención por eso hacíamos lo que hacíamos. Más que de murguero yo noto que hay una forma carnavalera que yo la defino como una estética que tiene que ver con una actitud, una forma de actuar que está presente en los espectáculos pero no murguera porque tampoco sé cuál es la forma murguera. Nosotros no bailábamos como una murga, hacíamos movimientos escénicos y nos decían, `tienen que bailar como una trenza`. No sabíamos lo que era una trenza. Después nos explicaron que era cuando uno pasa por atrás, el otro por adelante, nosotros no teníamos ni idea.


La BCG no para. Esta anti murga volverá a subirse al escenario hacia enero, febrero de 2013. Aún resta definir la sala pero el regreso es un hecho. "Siempre está eso de juntarnos para hacer un espectáculo porque disfrutamos mucho. Sufrimos el proceso, los ensayos son tortuosos porque son muy exigentes. Tenemos esa marca, todos sabemos que nos puede salir mejor de lo que estamos haciendo cuando ensayamos. También sabemos que cuando estamos prontos es porque cada uno dio el 100%". El nuevo espectáculo que ya están ensayando se llama Polvo de estrellas: "Cuando lo pensé no sabía que había una canción con ese nombre". Esmoris lo aborda desde un ángulo bien distinto al del tema de Gerardo Nieto. "Juego con ese polvo de estrellas que es un fenómeno físico pero también con las personas que las agarra la televisión y las hace polvo". Aquí las estrellas son personas de la Academia (Sócrates, Platón) "que hoy para difundir su doctrina tendrían que someterse a la máquina mediátca, entonces ellos se presentan haciendo stand up. Aparece Freud que se encuentra con un payaso en un sueño y sale un conductor producto de esas dos mitades y terminan todos bailando por un sueño y haciéndose polvo. Esa cosa mediática a veces me da asco. Me resulta patético esa cosa de, ta, somos miserables los seres humanos pero qué necesidad de regodearse con eso. Una cosa es que lo asumamos y otra que gocemos con lo miserables que somos".


Linterna hacia dentro. Durante el rodaje de La Redota Esmoris se adentró en el "interior profundo", tomó contacto con ese entorno y paró las antenas, como hace siempre. En el medio del campo escuchó "los alegatos ecológicos más grandes por gente que no sabía que estaba hablando de ecología porque convivían de una manera tal con la naturaleza que te empezaban a hablar de su vida, de las diferentes especies, los árboles, los montes, cómo era la relación con ese hábitat y realmente era brutal". Se pone a pensar y advierte que saca piques de todos lados, no se pierde una. Se valió de esas charlas para cuestionar un poco "cómo transitamos por este planeta" y volcó esos diálogos al texto de Todo bien, bo! en clave de humor. "Aparecen cosas muy disparatadas de defensas del medio ambiente de parte de este borracho que de alguna manera venían de conversar con esa gente".
El guión tiene 16 páginas pero para llegar a ese número estima que debe de haber tirado "una resma de papel" (alrededor de 500 pliegos). Acumula mucho material y lo va "peinando, peinando, sacando, sacando". El objetivo es no quedarse en esa de `es lo que hay, valor`, `somo así`. Esmoris invita a la reflexión: "El humor es propicio para eso y este tipo de personajes particularmente también dan porque el borracho por un lado te inspira alegría, buena onda pero también te da como tristeza. En este caso no toma pero pensás, `¿por qué tomaría?, ¿por qué está así?`". Este actor no cree en el teatro didáctico. No se propone generar ningún cambio en la conducta ni en el pensamiento de quien va a ver sus espectáculo porque tampoco considera que alguien vaya a modificar algo por escucharlo. "Es más sencillo, yo empiezo a juntar palabras y me divierto, me hace bien. No hay otra pretensión que yo ir a decir esas cosas y que la gente haga lo que quiera: si las quiere olvidar que las olvide, si las quiere recordar que las recuerde y si las quiere tomar para algo que las tome; pero no es mi pretensión cambiar, no me puedo cambiar yo, qué voy a andar cambiando a la gente".
Esos años de boliche y ese imán del que hablaba le permiten tener bien "visualizado" al borracho, desde sus gestos y movimientos (no está nunca quieto) hasta su vida interior: "Es un tipo que la cara está siempre bien pero adentro no está nada bien. Esas cosas encontradas. Son tipos de una acidez, una dureza pero siempre te lo dicen con humor. Son tipos que se ríen de sí mismos, de su desgracia que te terminás riendo de una forma que no podés parar. El movimiento es una cosa que viene sola desde adentro pero lo lindo para mí era tomar esa esencia del borracho, que se viera que hay cosas que este borracho las dice con mucho humor pero que la gente se diera cuenta de que le está doliendo mucho lo que está diciendo".


Vuelve a la TV y a hacer ficción en Canal 10. "Son seis unitarios basados en cuentos uruguayos y yo sería el protagonista de uno de esos cuentos. Es un corte más dramático pero me encantó porque el desafío está muy bueno".
El perchero es un símbolo. El borracho lo define como un lugar sagrado y le pregunta al público dónde quedaron los percheros. Y tiene un rol porque el público piensa, ¿por qué sale con el perchero y anda para todos en vez de estar con gente?



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Fuente.- El País Digital

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